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Te recomiendo, para estas Navidades, este libro excepcional, que aporta una visión inteligente y coherente sobre las inversiones:

 

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Algunos fragmentos del libro:

Me impresionó especialmente su discusión sobre una inversión de éxito que había hecho en Frontline Ltd. Tomé notas a toda máquina mientras él explicaba que había invertido en un momento en el que sus petroleros cotizaban por menos de su coste de reposición (o de sustitución).

Comprendí bien el concepto de comprar activos por debajo de su valor de reposición, pero aquello me dio una visión más profunda del mecanismo por el cual el precio bajo podía ser por sí mismo un catalizador para darle la vuelta al mercado, ya que el suministro de petroleros estaba agotándose.

Con esta estrategia, Mohnish hizo gala de lo que posteriormente Howard Marks denominaría «pensamiento de segundo nivel», un matiz que es importante, aunque excepcional, entre los inversores. Mohnish tenía una perspectiva del mundo distinta a la de la mayoría, pero la lógica que respaldaba aquel tipo inversión a la contra resultaba tremendamente persuasiva.

[…]

«aunque seas un inversor sólo un poco mejor que la media, si aprendes a gastar menos de lo que ganas, no podrás evitar hacerte rico, siempre y cuando tengas paciencia»

[…]

ahora ignoro por completo las predicciones del mercado y me concentro en invertir en compañías que deberían crecer de forma importante a largo plazo.

[…]

Tal y como Buffett escribió en su carta a los accionistas de 2001: «Sólo podemos descubrir quién nada desnudo cuando la marea baja». Una de mis accionistas era una profesional del marketing que en su día me había convencido para viajar con ella por Europa y realizar presentaciones en montajes diseñados para atraer nuevos inversores a mi fondo. Estaba tan segura del enfoque de valor a largo plazo del fondo que invirtió en él dos millones de dólares.

Pero su fe en la inversión a largo plazo se desintegró de repente y liquidó en enero de 2009. Me quedé estupefacto.

No tenía claro si no soportaba aquel dolor o si estaba desesperada por obtener liquidez porque no podía permitirse las pérdidas que estaba sufriendo. Lo que estaba claro era que su desesperación era la señal casi perfecta de que habíamos alcanzado el punto de máximo pesimismo.

Unos meses más tarde, los mercados tocaron fondo y empezaron a remontar.

[…]

1. Deja de mirar constantemente el precio de la acción

Cuando me instalé en Zúrich, tomé conscientemente la decisión de seguir alquilando un terminal Bloomberg, y también la de no conectarlo cada mañana al llegar al trabajo. Como ya he mencionado, en la actualidad a veces paso semanas enteras sin enchufar el Bloomberg. Es un aspecto más de mi esfuerzo por distanciarme del ruido diario del mercado.

Muchos inversores verifican el precio de sus acciones no sólo a diario, sino a veces también cada minuto. Nuestro cerebro tiene un fallo técnico muy peculiar que nos lleva a pensar que, de un modo u otro, las acciones saben que estamos observándolas. Podemos incluso tener una agobiante sensación de miedo a que, si dejamos de observarla, la acción volará de repente por los aires.

Ver el precio de la acción en la pantalla proporciona al inversor una falsa sensación de alivio que le lleva a pensar que todo va bien, que la tierra sigue girando en su órbita habitual.

El problema está en que el movimiento constante de los precios es una llamada a la acción. Cuando veo en el teletipo de la pantalla algo que empieza a centellear, mi cerebro irracional entiende que hay que hacer alguna cosa. Si estás especulando con la acción biotecnológica de moda o con algún valor relacionado con internet, tal vez tenga sentido que sigas todos y cada uno de sus alocados giros: una correduría emite un informe salvajemente alcista, y la acción sube de repente alrededor de un veinte por ciento porque otros especuladores hacen cola para adquirirla.

Pero yo intento invertir de un modo más moderado, comprando acciones que espero conservar durante años, incluso indefinidamente.

Como dice Buffett, cuando invertimos en un negocio, deberíamos estar dispuestos a conservar nuestra parte incluso si el mercado de valores fuera a cerrar al día siguiente y no volviera a abrir hasta de aquí a cinco años.

No puedo tener el monitor de Bloomberg apagado durante cinco años porque necesito aprobar el valor neto de los activos de mi fondo una vez al mes con el fin de poder enviar un informe mensual a mis accionistas para que conozcan el valor actualizado de la parte que tienen en nuestra sociedad.

Pero, si solamente estuviese gestionando mi cuenta, montaría un sistema en el que tuviera que mirar el precio de mis acciones trimestralmente, o incluso sólo una vez al año. Pero, tal y corno están las cosas, miro el precio de mis acciones una vez por semana corno mucho.

Comprobar que la cartera va funcionando incluso si no la sigues proporciona una sensación de liberación maravillosa. Para empezar, no tengo ni el ordenador ni el terminal Bloomberg configurados para que me muestren el precio de todas mis acciones en una sola pantalla; si tengo que verificar el precio de una acción, lo hago individualmente para no ver al mismo tiempo el precio de todas mis demás acciones.

No quiero ver los demás precios si no tengo necesidad de hacerlo y someterme con ello a un aluvión de llamadas a la acción. Vale la pena pensar un poco más en el efecto que ejerce sobre mi pobre cerebro todo ese ruido gratuito. Verificar el precio de la acción con excesiva frecuencia agota mi limitada fuerza de voluntad, puesto que me exige gastar energía mental innecesaria en reprimir las llamadas a la acción. Y, como mi energía mental es un bien escaso, quiero utilizarla en cosas más constructivas.

Gracias a las investigaciones en finanzas conductuales llevadas a cabo por Daniel Kahneman y Amos Tversky, sabernos, además, que los inversores sienten el dolor por la pérdida con el doble de intensidad que el placer que proporciona la ganancia.

En consecuencia, debo proteger mi cerebro de la tormenta emocional que se desencadena cuando veo que mis acciones, o el mercado, van a la baja.

Cuando hay la volatilidad habitual, en un periodo de veinte años el mercado sube. Pero si lo verifico con frecuencia, hay una probabilidad mucho más elevada de que vaya a la baja en un momento determinado. (Nassim N. Taleb lo explica con detalle en su soberbio libro ¿Existe la suerte?: las trampas del azar.)

Entonces, ¿por qué ponerme en una posición en la que podría tener una reacción emocional negativa a una caída a corto plazo que manda a mi cerebro un montón de señales erróneas?

En cualquier caso, con el tipo de negocios en los que invierto, no es obligatorio saber a diario qué sucede. Prácticamente todas mis inversiones son en compañías donde el resultado a largo plazo es inexorable: la compañía va en dirección positiva, y la cuestión es sólo cuánto tiempo tardará en llegar allí. Los valores de Buffett poseen también esta valiosa característica.

De hecho, él utiliza la palabra «inevitable» para describir el resultado positivo que espera conseguir. Tomemos como ejemplo su participación en la empresa ferroviaria Burlington Northern Santa Fe (BNFS). Es indiscutible que esa red de transporte será más valiosa a medida que la economía estadounidense crezca, que el país esté más urbanizado y que la industria del ferrocarril se consolide. Además, nadie construirá una vía férrea rival a su lado, de modo que BNFS nunca se verá desplazada .

Si inviertes en negocios como éste, que son realmente inexorables, no debería importarte apagar la pantalla, acomodarte  en el sofá y ponerte a leer un libro. Al fin y al cabo, si Buffett ha ganado miles de millones de dólares con compañías como American Express o Coca-Cola, no ha sido por concentrarse a diario en los movimientos del teletipo de los precios de sus acciones.

La regla: controla el precio de las acciones con la menor frecuencia posible.

 

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